El dichoso dinosaurio

El dichoso dinosaurio

Los asistentes a los talleres de escritura creativa de La isla de los escritores pasaron por El Mirador con sus propuestas en torno a ‘El dinosaurio’ de Augusto Monterroso.

Teníamos una cita en El Mirador de Maó: era el jueves (santo), 13 de abril, a las 19 horas, y teníamos que contar Microrrelatos.

Hicimos los deberes. A saber: utilizar, deconstruir, actualizar, aliñar, alargar, invertir, revertir, en definitiva, versionar el microrrelato más famoso, criticado, analizado y repudiado de la historia: «El dinosaurio», de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

El único requisito era que el nuevo minicuento incluyera la palabra «dinosaurio» (y que fuera micro, claro: pusimos un tope legal de 300 palabras y una recomendación de 150 como máximo). Cada grupo de escritura creativa trabajó sus textos antes de enfrentarse al micrófono.

Teníamos también una mascota, ‘Dino’, que trajo nuestro infalible Sam G. C, que también se ocupó, por cierto, del cartel (Sam, no ‘Dino’). Teníamos algunos invitados muy especiales.

Ahora tenemos un pequeño resumen en el artículo que hoy publico en el diario Menorca.

Tenemos una galería de imágenes lejanas de algunos participantes: faltan otros tantos (gracias, Llucia, por las fotos).

Tenemos una recopilación de textos que irá creciendo estos días, a medida que vaya recibiendo las creaciones de los ‘talleristas’ de La isla de los escritores, que tengo el placer de coordinar, con talleres de escritura creativa en el Ateneu de Maó, en el Cercle Artístic de Ciutadella y a distancia, modo online y semipresencial, en esta misma página.

También tenemos ganas de repetir: este dinosaurio es voraz.

 

 

Los microrrelatos

 

 

Eugenia Ivorra

POST-IT

Cuando el dinosaurio se despertó, Monterroso le había dejado una escueta nota en la cocina. Decidió esperarle.

***

SENTENCIA

Después de más de veinte años de juicios interminables contra la productora de Jurassic Park, los habitantes de Dinosaulandia iban a cobrar los derechos de imagen. Spilberg no quiso hacer declaraciones, recostado sobre su sillón ergonómico en su amplio despacho con vistas a Central Park, miraba al dinosaurio pisapapeles y sin pretenderlo le enviaba los aros de humo que salían de su boca, por primera vez, este le devolvía una encendida mirada.

***

JUBILACIÓN

Se despertó y estiró su bracito buscándolo, encontró un chupete que lanzó al suelo con cierta rabia.

—¡Mamá, mamá…! —gritó mientras deshacía su cama con desesperación.
—¿Qué te pasa, Roc?
—Dino no está…
—¡Ah! Se está dando un baño.
—¿Otra vez? —Salió corriendo hacia la cocina y se sentó en su sillita frente a la ventanuca redonda. Esperó pacientemente a que su amigo de sueños terminase de surfear en ese mar de espuma. La última ola, envolviéndose sobre sí misma a mil cuatrocientas revoluciones por minuto, puso el final al baño.
Dino salió casi reluciente y del todo resignado.
Dejó que Roc le diese parte de su colacao del África occidental.
“Suerte que ahora se va a la guardería y no me dejan pasar”, pensó.
En el coche, Roc abrazaba al dinosaurio hasta casi romperle las costuras. Coronaba su despedida con un beso baboso y alguna lagrimita que el dinosaurio aceptaba fríamente.
Era la parte del día que más le gustaba, el niño lejos de él. En el coche estaba tranquilo, pese a los frenazos, o al peso de las bolsas que caían sobre él.
“¿Por qué no le gustarán los ositos a este niño, como a la mayoría de los niños? Uf, y hoy es viernes, seguro que viene la pesada de su tía a recogerlo, la que tuvo la genial idea de escogerme a mí, vaya pájara, recién nacido el niño y me planta en su cuna, como si fuese una seta”.
Dino se despertó en otro coche, en el de la responsable de su desgraciada vida.
“Tan enrollada que quiere parecer y no respeta ni un paso cebra, a ver si para nuestro cuarto cumpleaños le regala la patrulla canina entera, y un canódromo si quiere. Y a mí que me jubilen, estoy cansado de estas noches eternas, me abraza, me suelta, me coge por una oreja, me pone a hacer pis, me mete un dedo en el ojo. Nunca me ha pegado, eso es verdad, Roc no es violento, pero a veces esa mirada castaña que se torna casi amarilla en el silencio de la oscuridad, me da pavor.”

***

ESPERANZA

Ni Monterroso, ni Spilberg, ni las galletas Lu, ni, ni, ni… eran conscientes de lo que les podía caer encima. El dinosaurio había aprendido a leer y escribir.

***

PACIENCIA

El dinosaurio esperó durante años que Monterroso despertara y le escribiera.

 

Dani Pascual

EL DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. “¡Vaya cansino es este bicho!”, se dijo. Ahí seguía, con esa mirada a medio camino entre el asombro y el atontamiento. Algo sí había mejorado, ya no rugía feroz como en los primeros días. Lo estuvo mirando fijamente a los ojos, tal como le habían dicho que hiciera. Poco a poco iba consiguiendo acompasar la respiración y evitar las hiperventilaciones.

Después de tres meses su terapeuta le dice que podrá ir abandonando sus pastillas. Que, aunque le parezca imposible, llegará el día en que despertará a solas.

***

Cuando despertó

el dinosaurio abrió

la boca llena

 

 

Rosa Lleonart

Despertó un millón de veces y jamás, jamás me dijo “Buenos días, dinosaurio”.

 

 

Sam G. C.

EL DINOSAURIO (ROSA)

Cuando despertó, el dinosaurio rosa todavía estaba allí. Se movía por la habitación como un hipopótamo desmesurado que cruza un páramo; con lentitud y aplomo. Daba vueltas en círculos alrededor de su habitación. No era más que un borrón, pero Daniel pudo entrever como su largo cuello se inclinaba y atrapaba con la boca algunas prendas que estaban tiradas en el suelo. Luego el dinosaurio caminó hasta colocarse frente a él, tapándole todo su campo visual con su envergadura color rosa chicle y habló:

—¡Arriba, holgazán! ¡Ya hace diez minutos que ha sonado la alarma! Y haz el favor de limpiar esta habitación, que es una pocilga.

Daniel estiró la mano y tanteó torpemente sobre la mesilla hasta que encontró las gafas. Se las colocó sin llegar a despegar la cabeza de la almohada.

—Ah. —Descubrió decepcionado—. Mamá, con esa bata y esos guantes creí que eras un dinosaurio rosa.

La madre lo miró arrugando la nariz. Se quedó observándolo un momento con los brazos en jarra y la ropa interior colgándole de una mano.

—A ver si me va a dar por darte un mordisco.

Luego se dio la vuelta y se marchó.
Los párpados de Daniel cayeron pesados de nuevo. Y justo antes de cerrarse, cuando solo quedaba un hilo de luz, le pareció ver una cola rosa asomándose por debajo de la bata de su madre.

 

 

José Luis Orfila (Garro)

POBRE DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Aún estaba. Se colocó completamente recta en la cama y cerró los ojos, estuvo unos treinta segundos en esta postura.

Posteriormente levantó la sábana con la mano izquierda y salió por la parte derecha. Se colocó las zapatillas que tenía en la alfombra y se encaminó al baño. Se quito la camiseta con la inscripción “Wonder Women” , el tanguita negro y se metió en la ducha. A pesar de estar en marzo se duchó con agua fría, quería despejarse y borrar la repulsiva imagen del dinosaurio.

Merche era una mujer de unos treinta y cinco años, rubia, cuello esbelto y delicado y unos alegres ojos azules. Era muy elegante. Tenía una pequeña tienda de ropa de mujer en el centro de Mahón. Al terminar de ducharse salió de casa y se dirigió al Micra rosa que tenía delante de la puerta. Aparcó como cada día en el parking del Freginal, la tienda estaba muy cerca. Mientras caminaba pensaba en la imagen del dinosaurio, cuando era pequeña y veía en fotos o dibujos al animal, le daba un pánico atroz. Qué curioso lo que le estaba pasando al cabo de tantos años.

Cuando había terminado de ordenar el escaparate y comprobar que todo estaba en su sitio recibió un whatssap de Gemma, al lado de una foto en la que estaba completamente desnuda, Le ponía “tal como habíamos quedado te espero al mediodía”. No pudo volver a concentrarse en toda la mañana solo veía la foto de Gemma, estaba completamente obsesionada.

Al llegar a casa por la noche su marido Martin ya la estaba esperando. Era curioso, ahora lo veía normal. Cenaron juntos, y después él le dijo que se iba a la cama. Merche retardó cuanto pudo el momento de acostarse, pero al final no le quedó más remedio. Al llegar a habitación y levantar las sábanas se le volvió a aparecer el asqueroso dinosaurio.

 

 

Tània Aguilera

EL DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, con sus uñas afiladas, con ese verde quiche de espinaca y con un aliento a resaca de buena mañana.
Ella se miró, desconcertada, ¡mierda!, pensó, tampoco se había quitado el disfraz, de papaya.

 

 

Joan Triay Vidal

ALLEUJAMENT PRINCIPESC

La tensió es palpava a l’ambient. Els minuts esdevenien hores, i les hores, dies. «Pobreta, si el que ha fet és una fotesa. No pot ser. De cap manera. A ella no!»
En acabar de llegir el veredicte, se n’adonà que el Dinosaure, somrient, encara era allà, ben a prop seu.

***

NOÈ NO HI DEVIA PENSAR

—Avi, quan va començar el diluvi universal, tots els animals eren a l’arca?
—Sí, tots hi eren.
—I el dinosaure?

***

PARC TEMÀTIC

En el jaciment, les excavacions avançaven a bon ritme i, per fi, les primeres troballes, una mandíbula de dinosaure, l’os d’una cama… El ric mecenes es fregava les mans.
—Amb aquestes restes, posarem en valor aquests terrenys.

***

SANT JORDI

En despertar-se es va vestir l’armadura i pujà dalt el cavall. Però, en obrir la porta, el dinosaure li tapava la sortida.
—De tant gran com aquest, no me n’he trobat cap mai —va dir i tornà arrere.

 

 

Maria Villalonga

EL DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, contemplándola, en la negrura de la noche, quieto, en silencio. Se tapó la cara con la sabana y esperó. Dichoso dinosaurio, no se movía, pero seguía allí. Ella tenía la sensación de que si apartaba un poco la sabana para salir corriendo, saltaría sobre ella, estaba paralizada. El resplandor de la luna que entraba por la ventana, fue cambiando la claridad de la habitación, con más luz, el coraje la invadió. Se deslizó por debajo de la sabana, un pie, la pierna, se giró boca abajo, saco otro pie y se dejó caer en la alfombra. El corazón le latía desbocado, no se mueve, pensó. Agarro el bate de beisbol de su hermano y se abalanzo sobre el dinosaurio, propinándole un terrible golpe, un estruendo se oyó, encendió la luz y…
El perchero de pie, estaba en el suelo y su albornoz con capucha y orejas también. Volvió a la cama, se tapó de nuevo la cara, un gesto en la comisura de los labios, la delató y a la luna sonrió.

 

 

Mela Sánchez

DINOSAURIO EN LA PARED

Seguiría siempre allí, mirándome desde el pasado, recordándome la fragilidad del mundo. Del

suyo y del mío.

***

 

INQUIETUD

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí… pero no su sombra.

***

 

PESADILLA

Cuando despertó, el charrán todavía estaba allí.

 

 

Nadia

CAUTIVA

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí… ¡Viejo mamarracho!

 

 

Iosune Arriaran

FOBIA

Cuando se despertó el dinosaurio todavía estaba allí, mirándola fijamente a los ojos, como si pretendiera meterse en su cerebro. Lo último que recordaba era haber huido despavorida, perseguida por el monstruo. Más tarde se enteró de que había tropezado con una piedra, cayéndose y golpeándose en la cabeza.
—Pero, ¿qué te pasa? —dijo Andrés, que acababa de acercarse al lugar donde yacía, tras su sorprendente huida—. ¿Estás loca? ¡Por poco te matas!
—¡Socorro! ¡Aparta esa bestia! ¡Me horrorizan los dinosaurios!
— ¿Dinosaurio? ¡Pero si solo es una simpática lagartija!

 

Àssia

NI RASTRE

Per l’escletxa de la porta en penombra n’entren arrenglerats un caramull, contents i somrients, color caramel, amb les seves potasses, la panxa arrodonida i plecs al llom, caminen dansant . En Miquel profundament adormit veu com se li enfilen juganers pels braços, li patinen per les cames, li fan còssigues, el pessiguen suament, saltironegen damunt la seva panxa…el fillet comença a salivar, intenta agafar-ne un per endur-se’l a la boca però li fuig, un altre i també, les dues mans atrapant l’aire, la boca mig oberta, té molta gana, se’ls vol cruspir tots…es mou ansiós dins el llit, el coixí cau a terra…la mare entra saludant, bon dia Miquel, és hora d’aixecar-se. Al peu del llit deu embolcalls de cel·lofana estripats i una capsa buida de Dinosaurus, ni rastre de les galetes.

 

 

© vgl

EL DINOSAURIO SEGUÍA ALLÍ

A Hugo no le gustaban los lunes por la mañana. Desde que había nacido Inés, ir al colegio era una tortura. Sabía, que mientras su hermana acaparaba la atención de su madre, él tendría que enfrentarse a largas horas de aburrimiento, sin poder dibujar, su gran pasión.
Como cada mañana, la madre entró a darle un beso, haciéndole cosquillas por todo el cuerpo con la nariz. Y de pronto, se escuchó un ruido
estrepitoso.
Hugo se asustó y ella salió de la habitación disparada. Se oían gritos y pasos acelerados. Llantos descomunales. Y llegó el silencio. El niño, aunque paralizado por el miedo, se atrevió a salir de su refugio de sábanas y recorrió toda la casa. Ni rastro de los mayores.
Al volver a su cuarto, vio como el monstruo de las tres cabezas empezaba a cobrar vida.
—Sin duda, ha sido el dibujo más suculento que jamás hayamos probado, ¿VERDAD, hermanas? —confesó la primera cabeza relamiéndose la boca.
—¿Qué le habéis hecho a mi hermana? Yo no quería que os la comierais.
—¡Despierta, Hugo! ¡Cálmate! —escuchó decir a su madre con una voz dulce y tranquilizadora.
Abrió los ojos lentamente. Le pareció ver el dibujo colgado del tablero de corcho. Volvió a cerrarlos. Todavía podía sentir el cálido aliento del
dinosaurio que abrigaba sus ganas de aventuras. También recordaba el tacto áspero de la fría piel y haber volado junto a su madre al país de
Soloyoytú.
¡Y ahora, escuchó otra vez los lloros! Esta vez más reales. Y sintió una cálida piel junto a su cuerpo.
Cuando finalmente despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. La miró, la acarició y su hermana dejó de llorar. Poco a poco, estaba aprendiendo a quererla un poquito más. Hoy, la dibujaría, sonriendo a su lado.

 

 

Jasoa

BERNA Y EL DINOSAURIO

Se lo habían regalado al cumplir los dos años y no pasaba de ser una figurita barata de goma que representaba un diplodocus verde. Cuando el niño caminaba, el muñeco le acompañaba escondido en el bolsillo del pantalón; cuando tomaba su baño antes de dormir, nadaba junto a él rodeando las burbujas de jabón y oscilando al compás de las ondas. Cuando comía, el dinosaurio le miraba inmóvil desde la trona, el morro apoyado en el plato, con los ojos quietos sobre los suyos. Pero lo mejor venía cuando por fin, a la noche, se hacía real y grande, “mu gande”, tanto que Berna se le subía al lomo y el animal comenzaba a trotar, a nadar en el pantano y a comer bosques enteros de maleza mientras el crío se desternillaba brincando sobre el enorme animal. Lo increíble era que nunca, nunca, se caía y que cuando luego despertaba, el dinosaurio, aunque más pequeño, todavía estaba allí.

 

 

Gloria M. Coronado Vilca

EL DINOSAURIO

Se preguntó, ¿Cuánto tiempo duraría esta pesadilla? ¿Por qué seguía dentro de esta caja de cristal?

A lo lejos divisaba lo que para su horror parecían compañeros, quién sabe y acaso hasta familiares, muertos por causas que prefería no imaginar. Expuestos allí en lo alto, congelados en posiciones que parecían darles vida, casi creía oírlos gritar.

Intentaba moverse, pero nada parecía pertenecerle, ni sus patas, ni sus cuernos, ni siquiera su cola le respondía. Respiró profundamente y cerró los ojos, al abrirlos alcanzó a divisar un cartel a sus pies que en fondo blanco y letras doradas decía: «TRICERATOPS».

 

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También hubo un tiempo (9 minutos, como las palabras ya inmortales de Monterroso, incluyendo, claro, el título) para que el público de El Mirador escribiera allí mismo sus versiones y las lanzara a un sombrero anónimo. Aquí, la tanda que recogimos:

 

No hi havia manera! La maleïda conjuntivitits convertia en contorns la figura d’aquella criatura que, plàcidament, tornava en terratrèmol cada ronc.

***

 

EL DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Miró a su chica y le dijo: ¿no deberíamos enterrarlo?

***

 

Se despertaron de la resaca y había 37 dinosaurios en El Mirador escuchando microrrelatos.

***

 

EL DINOSAURIO

Cuando despertó tenía el total: 6,80€.

(Escrito en el reverso de un ticket que, efectivamente, sumaba 6,80€: eran 4 cañas Mahou).

***

 

EL DINOSAURIO

—Voy a cambiarlo todo —dijo—. ¡Es fácil!

Eso creía ella, pero ¡con el dinosaurio habíamos topado!

 

 

Ahora solo falta un “tendremos”: que se llenen los comentarios de esta entrada con nuevas versiones del dinosaurio multiforme.

¡Gracias a todos!

 

Ana Haro

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