El uso de la (maldita) raya en los diálogos

El uso de la (maldita) raya en los diálogos

En el taller de escritura El personaje entra en escena (y dialoga) que este curso hemos celebrado en el Ateneu de Maó y en el Cercle Artístic de Ciutadella (de Menorca, claro) hemos dejado claro que nuestras heroínas y héroes narrativos hablan (luego existen) y que pueden hablar solos (monólogos y soliloquios); pueden hablar a través de un narrador que transcriba sus conversaciones indirectamente (o en estilo indirecto libre)  y que pueden hablar por su cuenta, mediante el uso de diálogos, expresados en estilo directo.

Cada encuentro entre los personajes es una ocasión “natural” en potencia para que se produzca el diálogo y de nosotros, los autores, dependerá elegir si les cedemos la voz o dejamos al narrador o narradora que siga con su hilo. Lo ideal es que si se ponen a hablar sea para decirse algo (informar de algo o de alguien) que haga avanzar la historia: el diálogo es una forma de acercar a los personajes a un primer plano narrativo, una oportunidad para conocerlos de cerca y es el momento más “creíble” de la ficción, así que no se puede desperdiciar con banalidades de “hola, cómo estás, nos vemos pronto, cuídate” a no ser que ese saludo o esa despedida sean cruciales en el rumbo de los protagonistas (o sean las primeras palabras después de veinte años sin hablarse). Si no son importantes, es preferible “cazar” la conversación en un punto más jugoso.

Personaje, Taller literario, Menorca

Ya sabemos que el monólogo es una conversación con una misma y que el diálogo lo es entre dos o más personas. Dos o más porque “diálogo” no significa conversación a dos, como muchas veces se cree: procede del latín dialogus pero su origen es griego: su raíz logos, que significa ‘palabra’ o ‘discurso’ (entre otros significados) y el prefijo diá, que no significa “dos” (en griego, “dos” es dýo). Diá significa ‘por, a través de, de un lado a otro de’. Por lo tanto, el significado etimológico de “diálogo” viene a ser ‘palabra o discurso que va de un lado a otro’, ‘discurso cruzado’, ‘intercambio de palabras’. Para que esas palabras vayan de un lado a otro o se intercambien tiene que haber al menos dos personas pero puede haber muchas más. Platón habló de diálogos por primera vez en filosofía, con su dialéctica o arte del diálogo para oponer/intercambiar dos discursos racionales y llegar así a la “verdad” y nosotros los usamos como base del género teatral y cinematográfico pero también (y cada vez más, con ese gusto creciente por la escena) en cualquier modalidad de ficción narrativa, como un mecanismo (casi perfecto, cuando se emplea bien) que sirve para eliminar o limitar la presencia del narrador y potenciar la “existencia” del personaje.

Pero no solo nos da quebraderos de cabeza esta “construcción” en el plano narrativo, también la puntuación (correcta) de los diálogos se hace a veces tormentosa para los escritores. Vamos a intentar simplificar este aspecto técnico.

Tenemos que saber que el diálogo se compone de parlamentos (las intervenciones directas de los personajes que pueden ser dos o más) y de incisos: las aclaraciones del narrador que se colocan detrás de una raya y que sirven para especificar el cómo de lo dicho, para situar a los personajes en la escena, señalar reacciones o pensamientos o para marcar un gesto o una acción mientras hablan.

Así como en otros idiomas como el inglés se pueden transcribir diálogos mediante el uso de comillas («angulares»), en castellano (y en catalán), esas comillas se suelen usar para indicar los pensamientos de los personajes («Por qué será tan difícil escribir correctamente», pensó la autora.); mientras que se usa más a menudo la raya (también llamada guión largo) para marcar los diálogos en el estilo directo, con una serie de normas que hay que tener en cuenta:

  • Empezamos cada intervención de un personaje con un párrafo nuevo y utilizamos la raya de diálogo, seguida, SIN ESPACIOS, de las palabras del personaje:

—¿Vas a hablarme o no?
—No, no quiero estar en este diálogo de ejemplo: odio los ejemplos.

  • Los incisos del narrador se encierran entre rayas, que actúan, respecto a la puntuación, como si fuesen paréntesis.

—No te gusta colaborar —contestó mirando para otro lado—. Luego dirás que no te pido ayuda, que no cuento contigo.

Que hable ahora la RAE:

2.4. En textos narrativos, la raya se utiliza también para introducir o enmarcar los comentarios y precisiones del narrador a las intervenciones de los personajes. En este uso debe tenerse en cuenta lo siguiente:

a) No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje:

Espero que todo salga bien dijo Azucena con gesto ilusionado.

A la mañana siguiente, Azucena se levantó nerviosa.

b) Se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la intervención del personaje y esta continúa inmediatamente después:

Lo principal es sentirse viva añadió Pilar. Afortunada o desafortunada, pero viva.

  1. Cuando el comentario o aclaración del narrador va introducido por un verbo de habla (decir, añadir, asegurar, preguntar, exclamar, reponer, ), su intervención se inicia en minúscula, aunque venga precedida de un signo de puntuación que tenga valor de punto, como el signo de cierre de interrogación o de exclamación:

¡Qué le vamos a hacer! exclamó resignada doña Patro. (*y no ¡Qué le vamos a hacer! Exclamó resignada doña Patro).

c) Si la intervención del personaje continúa tras las palabras del narrador, el signo de puntuación que corresponda al enunciado interrumpido se debe colocar tras la raya que cierra el inciso del narrador:

Está bien dijo Carlos; lo haré, pero que sea la última vez que me lo pides.

  1. Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula:

No se moleste. Cerró la puerta y salió de mala gana.

Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre:

¿Puedo irme ya? Se puso en pie con gesto decidido. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

Excepción: cuando este tipo de acotaciones interrumpen una frase del personaje, se abre con minúscula. Por ejemplo:

—No puedo, amor —ella saltó de la silla—, te prometo que no puedo.

e) Si el signo de puntuación que hay que poner tras el inciso del narrador son los dos puntos, estos se escriben también tras la raya de cierre:

Anoche estuve en una fiesta me confesó, y añadió: Conocí a personas muy interesantes.

Y hay que añadir una excepción: el signo de puntuación correspondiente a la frase del personaje se cierra siempre después de la acotación del narrador, sí, pero hay excepciones: la interrogación, la exclamación y los puntos suspensivos se colocan antes del inciso porque cumplen una función diferente: son indicadores de modalidad, mientras que el resto de signos de puntuación (coma, punto y coma, punto o dos puntos) son delimitadores. Y aprovecho: si una frase termina con un signo de interrogación, de exclamación o con puntos suspensivos (que son siempre tres y solo tres y nada más que tres), no hay que añadir otro punto porque ya está incluido en esos signos. Es decir, es incorrecto escribir: ¿Es que te has vuelto loca con este tema de la puntuación?.*, el último punto sobra.

—¿La ortografía te aburre? ¿Es eso? —preguntó la pobre mujer casi mordiendo la tiza—. ¡Pues allá tú!

 

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La construcción (técnica)

La lucha con los procesadores de texto (que no introducen el caracter de la raya de diálogo de forma automática mediante una tecla concreta) es infinita y vamos a ver cuál es la combinación de teclas para dar con la famosa raya y cómo sustituirla en todo el documento, en caso de utilizar otro símbolo durante el proceso de escritura.

Si siempre trabajamos con Microsoft Word podemos usar la combinación “Ctrl + Alt + signo menos del teclado numérico” o asignar a una combinación de teclas que inventemos para la aparición de la famosa raya. Para ello nos vamos a “Insertar”, “símbolo” (en texto normal, fuente), seleccionamos la raya y en “Nueva combinación” asignamos una combinación, por ejemplo, “Ctrl + guion”. Así, cada vez que hagamos esa combinación, saldrá automáticamente la raya de diálogo y no tenemos que marcar otras opciones que no fallan para dar con ella, como “Alt + 0151”.

Si trabajamos con OpenOffice se consigue con dos guiones cortos seguidos y espacio una raya media, que también se usa a veces en los textos literarios, aunque la óptima es la raya larga, que podemos obtener a través de “Alt + 0151”. Y si nuestro ordenador es un Mac, encontraremos la raya de diálogo en “Mayúsculas + opción (Alt) + guion”.

Otra alternativa para escribir bien la raya en los diálogos en la corrección final es usar siempre el guion corto y al finalizar el texto ir a “Editar”, “Buscar y reemplazar”, buscar el guión corto e indicar que lo queremos reemplazar por la raya (con “Alt + 0151”). Se sustituye automáticamente en todo el documento: magia.

Otra advertencia: cuidado con el guión corto, cuando lo ponemos y escribimos la intervención del personaje, luego le damos a “Enter” y se desplaza como si hiciera una sucesión de guiones puntos de exposición: la solución es que el guion esté siempre pegado a la primera letra, sin espacio, que es como ha de ir siempre la raya de diálogo (bien pegadita a la primera letra) y así el programa no lo identifica como tal y no hace esa cosa odiosa llamada “alineación de viñetas automática”.

Para insertar las comillas angulares tenemos también dos caminos en el procesador de texto Microsoft Word: uno,  en el menú Insertar, símbolos y buscar «», o usando la combinación “Alt + 0171” para las de apertura («) y “Alt + 0187”, para las de cierre (»).

 

A partir de ahora, prestad atención en vuestras lecturas y fijaos en los diálogos y en estos elementos que también son parte del proceso de confeccionar historias y que nos ayudan, cuando están bien empleados, a “escuchar” mejor las conversaciones entre nuestros personajes.

Y para acabar con algo más literario, os dejo un fragmento, con una pincelada de diálogo, de la interminable novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo:

 

En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.
—¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
—No lo conozco —le dije—. Solo sé que se llama Pedro Páramo.
—¡Ah!, vaya.
—Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el «¡ah!» del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
—¿Adónde va usted? —le pregunté.
—Voy para abajo, señor.
—¿Conoce un lugar llamado Comala?
—Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía y disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
—Yo también soy hijo de Pedro Páramo —me dijo.
Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
—Hace calor aquí —dije.
—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.
—¿Conoce usted a Pedro Páramo? —le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
—¿Quién es? —volví a preguntar.
—Un rencor vivo —me contestó él.
Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante de nosotros, encarrerados por la bajada.

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