Desde las ventanas del confinamiento

Después de la propuesta que lancé, al hilo de Carmen Martín Gaite, de narrar lo que se ve (o lo que se podría ver) desde las ventanas en este confinamiento colectivo, comparto algunos de los textos que han ido llegando hasta esta otra ventana que es ahora la pantalla. Sé que hay otras historias gestándose y las iré añadiendo según avancen (o retrocedan) los días. ¡Gracias a todas!




Aquí dejo el texto que Aina Pons Triay compartió en Instagram con foto incluida:

Desde mi ventana veo un parque. Por las tardes, siempre que hace sol, el parque está lleno de niños. Los veo jugar, gritando, corriendo, mientras friego los platos en mi cocina. ¡Que escándalo arman! Y mientras, sus padres allí, tan tranquilos, sin mirarlos, ni echarles un ojo, ni hacer que griten algo menos. “Es para que se desfoguen”, “así se va más cansado a la cama”. Pero, ¿por qué tenemos que escucharlo los que no tenemos niños? ¿Por qué? Si yo estuviera allí, si uno de ellos fuera mi hijo, le haría caso cuando me llama, no dejaría que dijera veinte veces “mamá, mamá, mamá”. Me daría igual si está o no cansado por la noche, porque me encantaría contarle cuentos en la cama, porque aunque yo esté agotada y él no, sería nuestro momento tranquilo. Sería nuestro momento… ¿Por qué, si se puede saber, venís aquí, delante de casa, a pasear vuestra felicidad con vuestros hijos por delante de mis ojos? ¿No veis que podéis dañar a alguien? Puede que a alguien que no puede…


Dios mío… Hoy me he levantado y he mirado por la ventana con el café en la mano. Es domingo, pero el parque está vacío. Unas cintas rodean los columpios y no dejan que se usen los toboganes ni los demás juegos. Está todo acordonado. Sin niños. Sin gritos. Sin alegría. Vacío. Todo está vacío. Y yo también.




Este otro, titulado «Nueve pasos», llegó por correo, como una botella dentro de un mensaje:

NUEVE PASOS
EoN

Hay nueve pasos desde la puerta de entrada hasta la ventana, nueve pasos cortos. Cada día recorro este espacio sin tiempo, con ritmo ceremonial y la motivación de que al final me aguarda algún tipo de salvación. No me atrevo a abrir la ventana, de primeras no agoto todas las bondades de asomarme al mundo desde mi séptimo piso, dosifico la experiencia para no acostumbrarme. Me había acostumbrado tanto a la libertad que cuando me dijeron que me quedase en casa entendí mejor qué era eso de ser libre. No sólo miro, sino que contemplo a lo lejos los obreros que encienden su hoguera a las 7.30 de la mañana, se acercan a la lumbre donde exponen sus manos al fuego pero siempre con esa distancia prudencial como para no quemarse y para no pegarse ningún virus – curioso, a tan solo el largo de los brazos están, pero también entre ellos retumba el “lejos” – . Me gusta abusar de la memoria y pensar en el momento donde presté mis manos al calor de una lumbre, me parece volver a ver las brasas que guardan, para transportarlo, el calor dentro, siempre tan encendidas desde su interior – imagen que me sugiere una hermosa destrucción- . Me parece oler el humo, ese que permanece una vez ya te has ido. Escucho armonías formadas por el crujir de la leña. Soy capaz de ver el color, iluminando todo en tonos naranjas, todo alrededor de ese lugar de conversaciones y encuentros. Parpadeo y se me cae la vista hacia abajo, el radiador con ropa tendida que ayer no se secó me hace volver de mi viaje al pasado. Me descubro en el presente, tengo apoyadas manos y cabeza contra el cristal, muro translúcido que no puedo ignorar, como quien se para a descansar o con ganas de lamentarse – del lamento me doy cuenta por el nudo en el estómago y la cabeza gacha – pero me rearmo rápido, ¡todavía me queda el viaje más hermoso del día!. Abro la ventana, siento el infinito de poder mirar más allá de “aquí”, recibo el soplo del aire puro de la mañana, me hago de nuevas ante el silencio que habita la ciudad y sonrío…como sonríe quien se sabe libre porque ha atravesado las cuatro paredes. Con medio cuerpo fuera respiro en equilibrio el mundo que asoma, ¡vuelo! y … vuelvo. Cierro la ventana, me doy la vuelta, camino nueve pasos, deshago mi plan de escapada, llego a la puerta … vuelvo a empezar.




Este texto de Aknavi llegó también, generoso, escrito de un tirón, desde la urgencia de compartir ese otro mundo al que aplaudimos cada tarde y al que seguiremos aplaudiendo (y defendiendo) cuando esta epidemia se difumine:

VENTANA
Aknavi

En orden riguroso: gel desinfectante, guantes, bata, mascarilla, pantalla, gorro, gel desinfectante, segundos guantes.


Respiro profundo, siento nervios, repasarlo de nuevo me calma. Cruzo la puerta con una sonrisa que espero se dibuje en mis ojos.


Tiemblo, en mi cabeza retumban sin cesar cientos de datos: mantener el metro y medio de distancia, prevenir el contacto con sus objetos, vigilar saturación de oxígeno, temperatura… su tos me extrae de esos pensamientos.


La pantalla protectora se empaña, una niebla tapa mi pequeña ventana, no me puedo tocar, y por fin oigo unos buenos días que borran todo lo demás.
El vaho se disipa, su mirada esperanzada a la vez que aterrorizada me llena de valor.  Hablamos sin vernos, me pone al día de su estado físico, cuantifico sus constantes, no hay signos de alarma, la tos es persistente y la saturación de oxígeno un poco más baja que ayer.


La boca se me seca, la voz se queda atrapada en la mascarilla y el vaho vuelve a taparlo todo, siento un fuerte sofoco por dentro. Lo veo más cansado, apenas habla y se acurruca en la cama a la espera del médico, es su quinto día.


El vaho parece solidificarse, respiro profundo y alcanzo a decir:  


—Paciencia todo va a ir bien.


Me paro enfrente del cubo de residuos, en riguroso orden: bata, guantes, gorro, segundos guantes, gel desinfectante, mascarilla, desinfectante y pantalla protectora.


Salgo sin tocar nada. Es la primera habitación.


Diviso el pasillo, en orden riguroso: gel desinfectante, guantes, bata, mascarilla, pantalla, gorro, gel desinfectante, segundos guantes y la sonrisa dibujada en la mirada.




Estos son los dos textos que Queta Riudavets compartió en la página de facebook de La isla de los escritores:

Desde mi ventana en soledad, pienso en los abrazos que nunca di, en los ojos que no miré, en los seres que no amé.
La vida era mas sencilla de lo que podía imaginar, solo requería ser la persona que siempre fui y que pocas veces abracé.


Me asomo a mi ventana. Hoy el cielo es muy azul, el sol ilumina todos los rincones y una suave brisa con olores a primavera inunda mis sentidos. A lo lejos se oye el piar de los gorriones. ¡Qué bonito debe estar el campo! Flores azules, amarillas, blancas…


Mi imaginación vuela por los verdes prados.


Nadie se ve por la calle, estamos todos confinados por una epidemia repentina, insólita. De pronto diviso a un hombre que ha salido a dar un pequeño paseo con su perro, es una de las excepciones que contempla la ley. De frente se le acerca una mujer con la cesta de la compra que rápidamente cruza la acera; hay que mantener las distancias recomendadas, pues es una enfermedad muy contagiosa.


Caras de desconfianza, de miedo. Cierro mi ventana y vuelvo a mi rutina diaria autoimpuesta, mientras mi gato me mira con insistencia y cierto interrogante en sus ojos claros.




Este otro texto llegó firmado (y mimado) por María Villalonga, otra escritora, habitante permanente de esta isla de palabras:

Mi vida entre dos ventanas
María Villalonga Pons

Mi ventana norte amanece hoy cubierta de una espesa bruma, a lo lejos las copas de los árboles y los grandes arbustos asoman entre ella como si fueran náufragos queriendo mantenerse a flote en mitad un mar embravecido, aunque la calma existente nada tenga que ver con una tormenta marina. Más cerca los corderos pastan tranquilos sobre la hierba mojada ajenos a cualquier circunstancia humana. El almendro fiel compañero de vida sigue aquí, tan cerca de mi patio que extendiendo la mano por encima de la tapia puedo acariciar sus hojas mientras pequeños pajaritos revolotean entre sus ramas, a su espalda asoma tímidamente un nuevo día observado de cerca por el viejo molino sin aspas, que como un centinela vigila el campo.


Me preparo una taza de buen café con leche y cruzo el pasillo que me llevará a teletrabajar, me asomo a la ventana sur, el calendario me dice que hoy es miércoles, aunque últimamente todos los días se asemejan y pierdo la noción del tiempo. El asfalto aún mojado por la bruma me cuenta que solo unos pocos neumáticos lo han pisado rompiendo el silencio para dirigirse, imagino, a sus lugares de trabajo. Los patios de las casas siguen vacíos de gentes, únicamente las flores de sus parterres que asoman puntuales a la primavera delatan que alguien los habita. En la acera de enfrente un balcón se abre y una mujer en bata y zapatillas me saluda como si fuera yo el único ser que quedara sobre la tierra y es que ahora nuestras ventanas y balcones han tomado protagonismo. Le devuelvo el saludo sonriente mientras pienso que nos encontraremos allí, de nuevo, a las 8 en punto de la tarde viendo desde mi ventana cómo madres e hijos, padres y abuelos, esposos y amigos aplauden juntos, pero lo que más me gusta de esto es que aparte de apoyar la labor de quienes luchan por curarnos, lo que me emociona es ver que nos estamos uniendo de nuevo, como si recordáramos algo por largo tiempo olvidado, y es que aunque ya no vivimos en tribus, el aislamiento impuesto está revelando con toda su fuerza la necesidad de pertenecer a una tribu, a un pueblo.        




Ha llegado a la página de facebook otra ventana recién abierta, es la de Vera Nucci y dice así:

Solía sentarme frente a la ventana de empañados cristales a bailar con mis frágiles dedos y arremolinar el vaho de la casa que tenía demasiados suspiros arrinconados, viajaba con la mirada hacia el océano que tenía para mí olas de espuma y lunas llenas, que me llenaba de besos y me enfundaba en vestidos rojos ceñidos. La ventana me devolvía la mirada profunda y escarlata de la mujer a quien escribía todas mis cartas en ese entonces, de exuberante belleza y guerra, que sabía besar mis labios como nunca lo había hecho quien dormía conmigo noche tras noche.

A medianoche podía sentir el océano en mi piel, tendida en el muro junto al caudal vorágine del río, la estrellas nos comían el iris y nos dejaban desnudarnos, siempre guardando silencio la mañana siguiente.

Un día entendí que debía romper los cristales de esa ventana que oprimía el mundo para mí y encontré el fuego adentro para ser yo misma quien vistiera de rojo, dejé una simple nota sobre el alfeizar, garabateada sin afán, «nada precisa ya de mí, ni mis dedos de tu anillo». Y dejando solo unas migas en el mantel dejé la casa y me volví tierra.

El balcón de mi ahora me devuelve con precisión el océano vasto, azul y vivo que veía caer en mis lagrimas hace ya un largo tiempo
Las manos en mis manos son cálidas y arruyantes, de color vivaz.

Llegar aquí trajo sangre en los pies, miles de poemas grises, pañuelos asfixiando mis sentires y un largo camino de olvidar.
Aun así sé que el mar me besa los párpados todas las noches con una taza de té y que siempre que quiera puedo abrir las ventanas y escuchar el vaivén de la calma.




Y por último, a la espera de que lleguen más ventanas, dejo un rastro de mi ventana de este jueves (un rastro de mi diario):

Un mar de cielo
Ana Haro

Mi ventana de este nueve de abril se ha llenado de sol y nos ha contagiado de ganas de ir a la playa en esta isla que ya no parece una isla. Soñamos con el mar, pero no lo decimos, porque es injusto el capricho cuando hay tanto sufrimiento y la ruleta, además, no ha dejado de girar. Soñamos con un mar en calma, sin enfermos, sin ahogados… Puede que nos anime a ese sueño secreto saber que hoy es un día festivo, que no habría «escoleta», que no habría prisas ni todos esos otros condicionales que ahora conjugamos sin darnos cuenta. Puede que flote ese velo de festivo a pesar de que todos los días finjan ser iguales. No lo consiguen, claro, cada uno es un capítulo distinto de esta novela en construcción.

A lo lejos, una mujer blanca en bikini negro juega sola en su azotea con una pelota y su raqueta de playa, a modo de frontón. Me detengo en la mano que no mueve, la que no lleva raqueta, parece que no sabe qué hacer con ella, como si le estorbara. Veo también a mi vecina de enfrente, regando cabizbaja el suelo de su pequeña terraza, como si entre las baldosas pudiese germinar alguna primavera. Un hombre utiliza insistentemente una radial a lo lejos, no lo veo, pero sospecho que es un hombre. En la calle, un chico joven sin camiseta y con tatuajes en los brazos pinta la puerta de su garaje y fuma un cigarrillo tras otro con música tecno de fondo (¿aún se usa la palabra “tecno”?) y muy cerca (todo me parece demasiado cerca de pronto: hasta en las películas me escandalizan las distancias cortas) una pareja también joven, un chico y una chica, en camisetas de tirantes y pantalones cortos, se ha sentado en el escalón de al lado del muchacho, con unos vasos de cristal en la mano y lo que parecen cafés. Nadie diría que no.

Nosotros tres, antes de salir al balcón, buscamos una gorra para el pequeño D, que ha aprendido en este confinamiento a decir todas sus palabras nuevas y hoy ha sumado “gorra” a la lista. En el armario de las cosas imposibles nos hemos topado también con una sombrilla pequeña, un cubo, una pala, un rastrillo… Poco a poco hemos ido convirtiendo el suelo de la terracita en la playa con la que soñábamos sin decirlo un rato antes y el cielo, tan inabarcable como el mar, nos ha brindado un espejismo de ese sueño de primavera, de sal, de ligera esperanza, ingenua y volcada en un verbo que tantas veces aparece en “La peste” de Camus: el verbo “recomenzar”… Recomenzar cada día.




Van llegando nuevas ventanas después de aquel jueves: esta finestra tan particular es de Vicent, otro lletraferit implacable de esta isla.

DES DE LA MEVA FINESTRA
Vicent Goñalons Rotger

Uns pardals creuen el cel, juguen a ser xòrics, aliens a pandèmies humanes. Uns ulls felins els observen: una de les meves moixes vigila.

Aquests dies el meu petit jardí respira primavera. Sóc un privilegiat, quasi veig la mar, alço la mirada i allà dalt, imponent, hi ha la mola, amb la Fortaleza vigilant. Un lloc amb un passat aterridor, on hi ha racons que ni el vent del nord vol passar. Molts de menorquins en edat militar hi varen passar… Uf, però d’açò ja fa una pila d’anys.

La meva veïna petita dóna voltes a casa seva amb sa bici, per entretenir-se. Sembla que el seu pare ha anat al vàter a buidar i la nena cada vegada que passa per davall la finestra del bany li crida:


–Papa, que fas caca?


El pare va canviant el to de veu cada cop que la impertinent filla fa la pregunteta.


–Papa, que fas caca?
–SÍÍÍ…


Que adorables els nens, i així mitja hora llarga.


Em mir l’arbre, pel de nispros, en una setmana ja em podré collir. Un ocellet em mira encuriosit, des d’una dansarina branqueta. Uns ulls amb l’iris dilatat observen; no gaire lluny, una cua borina, nerviosa, unes urpes esmolades es preparen. Jo tanc els ulls sota el sol de migdia.




Este «viaje» impoluto es de la poeta y escritora Llucia Palliser.

BALCÒNIDS
Llucia Palliser

Condemnats a l’ostracisme, el món, més enllà del mal pandèmic del capitalisme, s’alenteix. Ha sorgit un ésser de cabellera arrissada capaç de surfejar entre esputs i superfícies i que se’ns instal·la a dins tot mossegant-nos l’alè fins decapitar-nos les ganes de viure! Cagats per haver de morir sols, ens enfonyem dins la closca de ciment i comença el compte enrere fins a l’infinit.

I què hi veus, exiliada als 100 metres quadrats del teu caixó? La vista és més clara quan més dies passen, perquè les matinades es paladegen envoltada de mots i d’imatges i els tempos ronsegen com si el matí no volgués que arribés l’hora de dinar i el cafè del capvespre romangués calent fins el fosquet. És més, tot t’és ofert amb dilació, els murs esdevenen espais de petits esbarjos postergats i les converses, efímers quaderns de reflexions, de com un sent, de com una respira.

Entretant, des de la finestra del dormitori, el parc del darrere és tot silenci, silenci humà, hauria de precisar, perquè les moreres cada dia estan més plenes de fulles verdes que es belluguen com lluentons fastuosos. Et fan recordar que som vius. En llevar-te, cada dia un poc més tard, pots escoltar els trinats dels ocells, els xiscles de les gavines i algun lladruc d’un ca frisós de sortir. A algun lloc, un home s’escalfa la gola fent notes baixes, de baríton, t’imagines. Els cirerers ja han florit, el camp escampa els colors i aviat les patates es podran collir. Ho coneixes perquè ho has retingut al llarg de la vida, perquè saps del pas de les estacions i que aquesta primavera està malalta de portes cap a dins. Fora tot brota més lliure que mai.

En haver dinat, és hora de balconejar el temps a la terrassa. Des de la barana estant, tauleta de plàstic blanc parada: llibre, llapis –sempre–, mòbil i auriculars i aquell te amb una mescla d’herbes “que t’obriran un poc els pulmons” –com va dir l’al·lota de la botiga tot traient pots d’aquí i d’allà d’un herbari multitasca. Els balcons són plens de veïns. Te n’adones que a alguns, tot i els teus vint anys vivint al barri, no els havies vist abans. Si cada balcó fos un calaix habitat, no et cansaries mai de remenar-hi a dins: una senyora que t’és familiar fa punt de creu; l’embalum de llibres i apunts omple taules en què el jovent treballa en els seus deures; llegidores amb les cames al sol; una veïnada, de qui no recordes el nom però que et saluda pel carrer, fa bicicleta cada tarda a les quatre i mitja en punt a ritme de cançons dels anys vuitanta. Això i el pedaleig esgotador amb ascensions i descensos inclosos, et despista un poc de la lectura, però tan se val! T’hi pots dedicar, a l’observació i a l’escolta. Què més plaent que el temps que no compta!  Una parella d’ancians s’arrengleren a la barana: un senyor gran, a peu de carrer, intenta engegar una motocicleta que es resisteix. A cada intent, se’l sent blastomar, però hi torna una i una altra vegada fins que el ronc del motor es converteix en un rugit sonor que embatuma de renou el carrer. Sorolls als patis quan s’apropa l’hora de l’aplaudiment. Des de les set i mitja tot apunta a què s’ha de sortir de l’atordiment! I no valen excuses: les músiques se’t claven al cervell com punxes de bogamarí a les plantes dels peus. Que sí, que sí: resistiré, sobreviuré, txunda-txunda de discoteca, cadència reggaetonera i una mica de flamenc, per sort.

Hora de replegar: estoges la cadira que fins ara et balanceja cos i curiositat, i et prepares per aplaudir-nos amb tota la força, més encara que les sirenes de policies, ambulàncies i protecció civil, més alt i més rotund, per a ningú i per a tots, per tensar una mica el cos i dibuixar un somriure quan les persones que ja et són contigües, adjacents, en definitiva, properes, et donen el qui va cada dia des de fa ja un pom de dies. I cada picar de mans és una petita promesa: prenem consciència de que el món no és tan reduït com l’altura dels balcons ens mostra, però és, tanmateix, esquifit i feble quan les urpes del contagi són a prop, perquè no volem emmalaltir, perquè, al capdavall, des del principi dels temps, seguim tenint por a morir.




Una ventana más: esta es política. ¿Acaso alguna no lo es? ¿Acaso hay literatura que no lo sea? ¡Gracias, Pincho!

De noche las ventanas son espejos (Apuntes sobre ecofascismo)
Pincho

Una ventana es un espejo al que no le han pintado todavía un lado de negro. La metáfora de la ventana debe comenzar aquí, eligiendo cuál de sus lados hay que oscurecer. De noche la ventana, anticipándose a sí misma, refleja ya el rostro del que la mira, como si ese espejo que es en el fondo comenzase su trabajo antes de cumplir su destino. El que mira, desde la calle, una ventana iluminada, ve lo que ve el espejo. Los que bailan, los que cenan, los que “han visto un ciervo en el centro de Barcelona” y “esto es lo que hace la Tierra para librarse de nosotros” saben perfectamente que ese “nosotros” no les incluye, pero desde ese espacio ganado a la noche que son la salud y la juventud, cuando miran la ventana, solo se ven a ellos mismos. Afuera están todas las viejas y viejos, las enfermas, los asmáticos y las inmunodeprimidas leyendo estupefactas en los periódicos que difícilmente podrán optar a un respirador, que esta pandemia solo les afecta a ellos, o cómo se cierra (¿sobre el cuello de quién?) el agujero de la capa de ozono. 




Y otra. Esta llega de la mano generosa de Gloria, volando, con mosca incluida y golpe de ¿realidad?, ¿irrealidad?

UNA MOSCA EN MI VENTANA
Gloria

Esta mañana se ha colado una mosca por el ventanal de mi cocina y me ha regalado un instante de normalidad. Volaba atolondrada a mi alrededor, como esperando respuestas. A mí nunca me han gustado las moscas, pero hoy, no sé muy bien por qué, hemos observado con cierta complicidad las escenas que trascurren en el patio de mi casa.

Los rosales  están a punto de florecer. Los pájaros han bajado para comerse las migas de pan que les dejo todos los días sobre la pared que envuelve mi jardín. Las tórtolas, despeinadas, siempre aparecen las primeras. Los mirlos, con sus  impecables trajes negros, esperan educadamente su turno. Los pajarillos revoltosos  llagan  en tropel y picotean la comida de forma caótica sin bajar la guardia. Hoy, el que no ha venido es el pequeño petirrojo, no pude despedirme de él y eso me ha entristecido. Espero volver a verle sano y salvo el próximo otoño.

Mientras removía la taza de café y su olor se mezclaba con el de las flores del jardín me he quedado pensado que la primavera, a pesar de las circunstancias, ha tenido la osadía de volver  de una forma casi insultante y  me ha recordado lo insignificantes que somos.

La mosca ha seguido volando inquieta y desconcertada un ratito más. Resulta abrumador que cada uno de estos pequeños acontecimientos hayan venido envueltos por un gran silencio. Un silencio desconocido. Un silencio apacible y perturbador al mismo tiempo. Un silencio que lo cubre todo de irrealidad.

Mientras observo cómo la vida se abre paso, la mosca, cansada, se ha posado sobre mi mano para luego escaparse por la ventana. Eso me ha recordado que debo salir  para hacer la compra. Me he puesto los vaqueros, he cogido mi carrito y he abierto la puerta de mi casa entusiasmada. Pero cuando estaba en el umbral unas nubes negras cubrían el cielo. En la acera no he visto las bolsas de chuches ni de ganchitos  a las que estoy tan acostumbrada, el viento las trae todos los días desde el parque infantil hasta mi casa. Hoy, lo único que había en el suelo eran unos guantes de plástico que se arrastraban amenazantes por la acera.

Me he parado en seco y he rebobinado. Guantes. Mascarilla. Desinfectante. Metro y medio. Guardar tickets.




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