El árbol de Mrozek, de Bombal y de Maó

Han talado un árbol majestuoso, un ficus robusto y engalanado, en la calle Barcelona de Maó, frente al antiguo hospital Verge del Toro que están reformando. Este es mi barrio desde hace ya unos años y cada vez que paso ahora por esta calle se me revuelve algo dentro, como cuando vas digiriendo la muerte de una amiga.

Sus raíces levantaban la acera y una plaza de aparcamiento y parece que la única solución que han encontrado desde el Ajuntament de Maó (en lugar de desviar la acera y regalarle su hueco, que lo hay, como se le hace hueco a las terrazas de los bares) ha sido eliminarlo. Leo que van a plantar una docena de árboles en la zona y ni así se me va la pena. ¿Realmente no había otra solución que borrar para siempre su maravillosa sombra y el mundo que vivía en sus adentros? De verdad, te parabas en agosto allí, con el bebé en brazos, para librarte unos segundos del calor húmedo y agobiante, beber un poco de agua, colocarle bien la gorrita al niño y te refrescabas nada más cruzar el umbral de sombra, como si entraras en una pequeña jungla, con sus plantas secundarias enredadas y colgantes entre las ramas y los pájaros camuflados y a salvo.

Durante varias semanas han ido pasando por ahí grúas, decenas de operarios y máquinas de todo tipo, un buen presupuesto para un solo árbol, para acabar con él, quiero decir, y encharcar al fin de hormigón su antigua casa. Estaba bien arraigado y se ha resistido con todos sus años.

No les ha sido fácil la tarea. Tarea que, por cierto, a mí no me reconocieron: en los primeros días de la poda, me acerqué a preguntar, extrañada, y uno de los operarios, ante mi pregunta de «¿no lo irán a talar, verdad?», con el crío ya de la mano y correteando, nos respondió que no, que no, con mucha seguridad. Aún así yo hice la foto de su tronco desnudo, no me quedaba tranquila, pero pensé ingenuamente que quizá necesitaban podarlo y despejar sus alrededores para trabajar, arreglar la acera y esas cosas de cables y tubos para la reforma del hospital. Lo siguiente que vi a los pocos días fueron sus anillos al aire.

Tendríamos que aprender a honrar a los árboles, dejarles sitio, poner un banco o dos para que la gente que camina por allí, en ese desierto de asfalto y coches, o la que acuda a esos centros médicos, pueda respirar un rato sentada bajo su sombra.

En la misma calle, yendo hacia el mar, hay unos cuantos ficus más y en la otra dirección, frente al Centre de Salut Verge del Toro, hay otro (se ve al fondo en las fotos) que ahora se ha quedado sin su espejo, con ese recorte que les hacen, al estilo seta, aunque este está un poco menos crecido y un poco menos hermoso que el que han sacrificado, como si le faltaran todavía cosas por aprender. Desconoce, claro, que a quienes nos falta aprendizaje es a nosotros y desconoce también que correrá la misma suerte en cuanto sus raíces empiecen a reclamar algo más de espacio.

Estas dos fotos del ficus antes de ser talado son de foto de Gustavo Taboada.

A la memoria de este árbol que ya no existe dedico dos cuentos que me acompañan desde hace tiempo. Uno es de la escritora chilena María Luisa Bombal, titulado «El árbol» (se puede leer aquí). Un árbol es el centro de este relato que está construido de una forma magistral y que nos ilumina, igual que a la protagonista. Y este otro, tan inteligente como su autor, que copio aquí abajo, del mismo título que del de Bombal, obra del escritor polaco Slawomir Mrozek, traducido por Bozena Zaboklicka y editado por Acantilado en 2003.

EL ÁRBOL
Slawomir Mrozek

Vivo en una casa no lejos de la carretera. Junto a esa carretera, a la entrada de la curva, crece un árbol.

Cuando yo era niño, la carretera era aún un camino de tierra. Es decir, polvorienta en verano, fangosa en primavera y en otoño, y en invierno cubierta de nieve igual que los campos. Ahora es de asfalto en todas las estaciones del año.

Cuando yo era joven, por el camino pasaban carros de campesinos arrastrados por bueyes, y sólo entre la salida y la puesta de sol. Los conocía todos, porque eran de por aquí. Eran más raros los carros de caballos.

Ahora los coches corren por la carretera de día y de noche. No conozco ninguno, aparecen de no se sabe dónde y desaparecen hacia no se sabe dónde. Sólo el árbol ha quedado igual, verde desde la primavera hasta el otoño. Crece en mi parcela. Recibí un escrito de la Autoridad. «Existe el peligro –decía el escrito– de que un coche pueda chocar contra el árbol, ya que el árbol crece en la curva. Por lo tanto, hay que talarlo».

Me quedé preocupado. Llevaban razón. Efectivamente, el árbol está junto a la curva, y cada vez hay más coches que cada vez corren más rápido y sin prudencia. En cualquier momento puede chocar alguno contra el árbol. Así que tomé una escopeta de dos cañones, me senté bajo el árbol y, al ver acercarse al primero, disparé.

Pero no acerté. Por eso me arrestaron y me llevaron a juicio. Traté de explicar al tribunal que había fallado únicamente porque mi vista ya no es buena, pero que si me dieran unas gafas seguro que acertaba. No sirvió de nada. No hay justicia. Es verdad que un coche puede chocar contra el árbol y dañarlo. Pero sólo con que me dieran unas gafas y algo de munición, me quedaría sentado vigilando. ¿A qué tanta prisa por talar un árbol si hay otros métodos que pueden protegerlo de un accidente? Y no les costaría nada, aparte de la munición.

¿Acaso es un gasto excesivo?

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