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Escribir a partir de un final

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Para los que estáis escribiendo poco (o nada), os lanzo, en la página de Facebook de La isla de los escritores, un pequeño reto veraniego. Muchas veces nos proponen escribir a partir de un principio dado pero, ¿qué pasa si nos imponen un final?

Hay autores que escriben siempre conociendo el final de su historia: la tensión va dirigida hacia un punto exacto y eso suele cargar de intensidad el texto (como ocurre en los relatos de Edgar Allan Poe, por ejemplo); no hay rodeos innecesarios, que son muchas veces los que damos al escribir sin rumbo (y los que luego se nos olvida pulir en la fase de corrección).

Vamos a probar con este pequeño ejercicio de escritura creativa. Podéis dejar vuestros microrrelatos en los comentarios, estáis todas invitadas: el único requisito es que la historia tenga un título, el texto con un máximo de cien palabras (sin contar las que ya os doy) y que acabe con esta frase:

«Y se despidieron como si nada, como si todo hubiera sido un sueño y como si esas pequeñas marcas ya estuvieran allí de antes».

(No hay premio, más allá de la fama internacional y de los «me gusta» en masa).

¡Feliz verano!
A

1 comentario en «Escribir a partir de un final»

  1. Aquí van unos cuantos de los textos participantes en Facebook.

    TATOO
    (Sam Garcia)

    La bici la arrolló sin miramientos. Ella rodó sobre el asfalto, dos, tres y cuatro vueltas dio su cuerpo.
    Él, un misil cuya cabeza se estrelló contra un árbol cercano. Suerte del casco.
    Primero se levantó él y le tendió la mano. Era curioso, el dibujo de las magulladuras en el brazo de él, parecían continuar en el de ella, como un intrincado diseño. ¿Era un pájaro con las alas extendidas?¿Eran unas nubes con un sol poniente y radiante?
    Ambos se dieron cuenta y sus ojos sorprendidos buscaron en el otro algo que pudieran reconocer.
    Y se despidieron como si nada, como si todo hubiera sido un sueño y como si esas pequeñas marcas ya estuvieran allí de antes.

    VENI, VIDI, VINCI
    (Joan Triay Vidal)

    El capità va albirar l’illa tan cobejada. Només els separaven unes poques milles. Ja era a l’abast. Aviat el desembarcament seria un fet, davant la mirada atònita dels illencs indefensos i submisos.

    Els tripulants del creuer van arreplegar les gandules, els tendals i demés estris que havien instal·lat a la platja per als adinerats i ostentosos clients del Lauren X, deixant palesos quins eren els seus límits dels seus propietaris. I es van acomiadar com si no-res, com si tot hagués estat un somni i com si aquestes petites marques ja fossin allí abans.

    LA ROCA
    (Rosa Lleonart Escuer)

    Llegó a la pequeña cala, su roca preferida la estaba esperando, era lisa y algo inclinada, justo debajo de la sombra de los pinos doblegados por los vientos de la isla.

    Colocó con esmero la toalla, protegió su cuerpo con crema solar, dejó reposar su espalda contra la cálida pared rocosa que la esperaba cada tarde.

    No tardó en dormirse y en aparecer de nuevo las imágenes de aquel rostro, hoy más nítido que nunca.

    Al marcharse y retirar la toalla comprobó que en la roca se dibujaba con toda claridad la esencia del rostro ansiado.

    Y se despidieron como si nada, como si todo hubiera sido un sueño y como si esas pequeñas marcas ya estuvieran allí de antes.

    EL COMIAT
    (Iosune Arriaran)

    En entrar a l’habitació el va impressionar la pal·lidesa de la seva pell. Mentre observava el cos d’aquella dona amb qui havia compartit l’existència des que es van conèixer a la catequesi de confirmació, va passar-li pel cap la filmografia de la seva vida plegats. Estava intubada, immòbil com una estàtua. Va contemplar com les trenes rosses i llargues de la noia, s’havien convertit en un matoll grisós i esprimatxat, i com els seus ulls, abans grans i lluents, estaven enfonyats i rodejats d’unes fines arrugues que eren la marca inexorable del pas del temps.

    En aquell precís instant na Maria es despertà per última vegada i es van acomiadar com si res, com si tot hagués estat un somni i com si aquelles petites marques ja fossin allà des d’abans.

    EL INCREÍBLE NIÑO MENGUANTE QUE NADA CREYÓ DE LAS EXCUSAS QUE LE DIERON
    (Elías Arguimbau)

    Esperaban la consulta sentados, compungidos. Aunque pareciese increíble, el pequeño no crecía, ¡menguaba! En el último mes, viendo las marcas que quedaban en el tronco a la altura del columpio, la última quedaba siempre más baja que la anterior.

    Su papá, desconcertado, decía si quizá fuesen las de Rubén. Y él miraba incrédulo, preocupado.

    Tras examinarlo a conciencia, atónito trató de consolarlo. Le dijo que posiblemente fuese el sauce, que crecía más rápido que él y le hizo prometer que comería mejor. Al mirarse impotentes por encima de esos ojazos llorosos, intentaron quitarle importancia acariciado su cabeza en la puerta, y se despidieron como si nada, como si todo hubiera sido un sueño y como si esas pequeñas marcas ya estuvieran allí de antes.

    PEQUEÑAS MARCAS
    Jose Luis Orfila

    Caminaba como ida, como una autómata que se dirige a un destino seguro. Las luces de la calle se desperezaban somnolientas para iluminar a los viandantes. Al llegar a la siguiente farola tomó un desvío, su destino estaba cerca.
    Al poco de sonar el timbre, una mujer apareció en la entrada. Se saludaron y le dijo que se desnudara y se colocará en la camilla ubicada en el centro.
    Al cabo de unas horas se despidieron como si nada, como si todo hubiera sido un sueño y como si estas pequeñas marcas ya estuvieran allí de antes.

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