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Un concurso de relatos eróticos en Menorca y el consejo de Anaïs Nin

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El VII Festival LA BOCA ERÓTICA de cortometrajes de temática sexual, que se celebrará en Maó del 30 de septiembre al 8 de octubre de 2022, propone además esta vez el IV Concurso de Relatos Eróticos, que estará abierto a autoras y autores mayores de edad de Menorca hasta el 26 de septiembre.

El director del VII Festival LA BOCA ERÓTICA, Javier Muñiz, ha contactado conmigo para ficharme como parte del jurado de su IV Concurso de Relatos Eróticos al que podrán concurrir textos (con un máximo de 6.000 caracteres incluidos los espacios) de autoras y autores residentes en Menorca mayores de 18 años. Tenéis las bases completas en su web.

La lectura de los relatos presentados y deliberación del jurado la haremos el domingo 2 de octubre en el bar Akelarre de Maó a las 19 horas. Las propias autoras y autores leerán sus textos (o pedirán un/a lector/a voluntario/a) allí mismo. ¡Mucha suerte a todas!

Por cierto, algunas me han pedido consejos para escribir un (buen) relato erótico y yo, que no soy una experta en el género, como consejo, diría lo que digo siempre: leer buena literatura (en este caso, erótica).

Hay cinco títulos que en mi vida de lectora han dejado alguna huella sensorial: el primero son los diarios de Anaïs Nin, incestuosos, libres, poéticos, y sus cuentos (en especial recuerdo el impacto de jovencita del libro de cuentos Delta de Venus). Después la lectura de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes y más adelante me interesé en saber qué había detrás de la polémica Lolita, de Vladimir Nabokov (inolvidable su comienzo: «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.»), y de Trópico de Cáncer, de Henry Miller, dos novelas de dos grandes escritores (especialmente Nabokov) que yo no definiría como literatura erótica, pero que siempre aparecen en todas las listas. El último que se añadió a mi lista erótica, este sí, fue El amante, de Marguerite Duras, una novela autobiográfica que no me canso de releer. Ahora mismo la he sacado de la librería para escribir esto y he acabado leyendo cuatro páginas (brillantes) casi sin darme cuenta.

Pero la maestra de maestras en estas artes del cuerpo es Anaïs Nin. La escritora francesa, bautizada como Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1903-Los Ángeles, 1977), nacida de padres cubano-españoles, que trató de escribir el sexo desde su mirada única, esquivando los modelos masculinos imperantes y limitantes en lo que a las fantasías sexuales (literarias) se refiere. Por un lado el sexo, por otro el amor, parecía decirnos Nin a todas.

Su gran obra son sus diarios íntimos, que empezó a escribir cuando era una niña y no dejó de escribir nunca: merecen la pena, como texto literario y como exponente de la literatura erótica del siglo XX. Se conservan de sus Diarios los manuscritos originales, unas 35.000 páginas. Muchos de los relatos que componen el libro de cuentos que mencionaba antes, Delta de Venus (que se puede encontrar en internet y en casi cualquier biblioteca pública) salieron de un encargo bastante peculiar: resulta que en aquellos años cuarenta en los que Anaïs Nin y Henry Miller se mudaron de París (antes, en la capital francesa, habían compartido la década de los años treinta, con sus buhardillas, tríos, cartas, psicoanalisis y demás «bohemiadas») a Nueva York. Todavía entonces eran amantes y amigos y tuvieron, entre algunos de sus trabajos, el encargo de escribir relatos eróticos para un tal Roy M. Johnson, un magnate del petróleo norteamericano conservador, religioso y ciudadano ejemplar que pagaba los textos a un dólar la página (que parece que para esa época no estaba nada mal). Así lo cuentan en este estupendo artículo de Diario 16 que os comparto: el magnate, «presa de una maldición como de cuento de hadas, parece ser que era incapaz de excitarse dos veces leyendo el mismo relato».

Así fue cómo, durante un tiempo, se dedicaron Nin y Miller y algunos amigos escritores de su círculo a la escritura de estos relatos para ese mecenas: «Yo era la madame de una casa de prostitución literaria; la madame de un grupo de escritores hambrientos que producían relatos eróticos para vendérselos a un coleccionista», contó luego ella en sus Diarios. Y así siguieron hasta que las exigencias del millonario fueron limitando estas creaciones a la pura pornografía: “Todo está bien, pero dejen de lado la poesía y la descripción de detalles, menos el sexo. Concéntrense en el sexo”, les dijo el intermediario del tal Roy M. Johnson a los escritores muertos de hambre. Pobres pero dignos, eso sí, porque después vino la carta que Anaïs Nin escribió al «coleccionista» a modo de renuncia en nombre de todo el grupo y que quizá pueda también servir como «consejo» magistral para todo aquello de la escritura de los cuerpos.

Querido Colec­cionista:

Lo odi­amos. El sexo pierde todo su poder y magia cuando se torna explíc­ito, mecánico, exager­ado, cuando se vuelve una obsesión mecánica. Se vuelve abur­rido. Usted nos ha enseñado mejor que nadie qué tan errado es no mezclar el sexo con las emo­ciones, las ganas, el deseo, la lujuria, el antojo, los capri­chos, de rela­ciones per­sonales y pro­fun­das que lo tiñan de un nuevo color, de sabor, rit­mos e intensidades.

Usted no sabe lo que se pierde por su microscópica aus­cultación del acto sex­ual y la exclusión de las per­sonas, las cuales son la leña que prende el sexo. Lo int­elec­tual, lo imag­i­na­tivo, lo román­tico, lo emo­cional: todo eso le da al sexo una tex­tura, una trans­for­ma­ción sutil y un ele­mento afrodisíaco. Usted está lim­i­tando las posi­bil­i­dades de sus sen­sa­ciones; mar­chita el sexo, lo banal­iza y le roba su encanto.

Si ali­men­tara su vida sex­ual con emo­ciones y aven­turas que el amor inyecta en la sen­su­al­i­dad sería un hom­bre más potente en el mundo. La fuente del poder sex­ual es la curiosi­dad y la pasión, pero usted se limita a mirar la flama apa­garse. La monot­o­nía no es sana para el sexo. Sin sen­timien­tos, inven­ciones, humores, sin sor­pre­sas en la cama. Debe mezclarse con lágri­mas, con risas, pal­abras, prome­sas, esce­nas, celos, envidia, con todas las for­mas del miedo, de lo exótico, de las nuevas caras, nov­e­las, his­to­rias, sueños, fan­tasías, música, danza, opio, vino.

¿Cuánto se pierde usted por culpa de su mezquin­dad periscópica cuando en su lugar podría gozar de un harem de disc­re­tas y siem­pre nuevas mar­avil­las? No exis­ten dos cabel­los idén­ti­cos en el mundo, pero usted no quiere que gaste­mos pal­abras en describir­los; no hay dos olores iguales, pero si se lo expli­camos, usted grita: “¡Nada de poesía!” No hay dos pieles con la misma tex­tura, nunca la misma can­ti­dad de luz, tem­per­atura, som­bra, nunca el mismo gesto: un amante, cuando está exci­tado por el ver­dadero amor es capaz de repasar toda la his­to­ria de los sig­los sobre el arte de amar. Cuánta var­iedad, cuán­tos cam­bios en cada época, cuán­tas var­iedades de madurez e inocen­cia, per­ver­si­dad y arte, nat­u­raleza y ani­males elegantes.

Nos hemos sen­tado a dis­cu­tir por horas acerca de su aspecto físico y nos pre­gun­ta­mos si a sus sen­ti­dos los ha aneste­si­ado para la seda, la luz, el color, el carác­ter, el tem­pera­mento… así lo habrá hecho hasta mar­chi­tarse por com­pleto. Hay tan­tos sen­ti­dos menores y todos son trib­u­tos en los flu­jos del sexo; lo nutren. Sólo la fusión de los lati­dos del sexo y el corazón pueden crear el éxtasis.

Anaïs Nin en 1970.

Gracias, maestra.

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