Los nueve cuentos de Salinger

Los nueve cuentos de Salinger

Nueve cuentos es el título de este volumen de relatos de Jerome David Salinger (1919-2010), el autor de la famosa novela El guardián entre el centeno, esa obra protagonizada por el joven y rebelde Holden Caulfield que se convirtió después en la favorita de unos cuantos asesinos memorables y que convirtió a su autor, por el éxito fulminante, en un hombre huraño y antisocial (dicen). Este volumen de cuentos, que nunca me canso de recomendar a aquellos que se quieren iniciar en el arte del cuento, guarda algunas claves (muchas de ellas indescifrables) sobre el porqué de lo breve (y bueno).

En los talleres de relato analizamos alguno de los relatos y no sabría con cuál quedarme de los nueve (como bien informa el título, aséptico y casi con sabor a prisas) que forman esta recopilación que salió a la luz como tal en 1953. Se ha dicho de Salinger que era un hombre extravagante y hasta cruel (las memorias, diarios, cartas y traiciones de familiares y presuntos amigos no dejan de sucederse) pero ante todo, Salinger fue un incansable y gran escritor: por lo que se sabe nunca dejó de escribir, solo se abstuvo de publicar. Estos Nueve cuentos son relatos crudos, perfectos e imperfectos al tiempo y llenos de matices. ‘Un día perfecto para el pez plátano’ o ‘Para Esmé, con amor y sordidez’ son dos de esos relatos que una lee como una conversación que parece que no va a llegar dirigida a ninguna parte, pero que al final no se detiene nunca. El diálogo es una de sus armas, igual que en casi todo el (buen) cuento norteamericano (con Carson McCullers, Ernest Hemingway, Raymond Carver o John Cheever, como otros estandartes) y el manejo que Salinger hace de las conversaciones es, me parece, el gran acierto de estas historias. La huella que le dejó la Segunda Guerra Mundial —“Puedes vivir una vida entera —afirmaba— sin librarte jamás del olor de la carne quemada”— salpica su obra, aunque dicen que compensó el dolor después con el budismo zen: un refugio dentro del refugio en el que vivía atrincherado. La escritura como forma de meditación. ¿Qué si no? Cuenta la leyenda que su privacidad se convirtió después en algo sagrado para él y que sacaba la escopeta a la mínima que un reportero o fotógrafo se aventuraba a acercarse a su búnker. Las descripciones, brillantes, sin más palabrería de la necesaria para ‘ver’ lo que sucede y ‘ver’ a sus protagonistas en acción. Aquí dejo, como muestra, la descripción que hace del entrenador, el Jefe de los comanches, en otro relato inolvidable incluido en Nueve cuentos, ‘El hombre que ríe’:

“Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba. Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos”.

Os invito a seguir leyendo estas pequeñas/grandes historias y a compartir vuestra visión sobre estos nueve textos que dejó Salinger (tal vez sin pretenderlo, es lo que tiene el arte) para que la conversación, efectivamente, no se terminara nunca.

Salinger, nueve cuentos, lecturas

 

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